DERROTERO A LA CIUDAD DE LOS CESARES

Lago General Carrera visto desde los inicios del Rio Baker. Por aquí salían los Césares Españoles a "maloquear" a los indios que habitaban en los canales del sur de Chile


La leyenda de los Césares

Hace algún tiempo, mientras leía la Historia del Reyno de Chile, escrita por el Jesuita Diego de Rosales a inicios del Siglo XVII, di con el sorprendente relato sobre la Ciudad de los Césares.

El Padre Rosales destina varios folios a describir aquella población que el daba por cierta. Terminaba encareciendo a sus lectores que les buscaren para que sus pobladores no perdiesen la fe católica.

Esta Ciudad perdida ejerció una especial atracción en muchos Jesuitas que emprenden varias expediciones en busca de dicha población, particularmente en el Padre Mascardi.

Para mí la Ciudad de los Césares es una historia fascinante. Recuerdo a Schliemann, quien encuentra la mítica Troya a partir de los relatos de Homero. Al igual que él he llegado a la convicción que tras estos relatos hay indicios suficientes para encontrar los vestigios de esta población.

La leyenda se inicia a mediados del Siglo XVI. Hay fundamentalmente dos fuentes de información, aquellas suministradas por los nativos y las que dieron dos españoles que dicen haber vivido durante 60 años en la ciudad..

Las noticias dadas por los indios eran confusas y contradictorias. Ya a mediados del siglo XVIII, el jesuita Thomas Falkner señalaba: “La noticia de que hay una nación en estas partes, descendientes de los europeos, o del resto de los que naufragaron, es como ciertamente creo falsísima, y sin el menor fundamento, causada de no entender la razón que dan los indios: porque si se les pregunta en Chile, concerniente a alguna colonia interior de españoles, responden que hay villas y gente blanca, entendiendo por esto Buenos Aires etc., y así viceversa, sin tener la menor idea de los moradores de estos dos paises distantes, sean conocidos los unos de los otros.”

No obstante, Ricardo Latcham señala: “Hemos llegado a la conclusión de que, en sus orígenes, las tradiciones tuvieron un fondo verídico y que las expediciones de los siglos XVI y XVII eran justificadas, fundadas en razones practicas y lógicas”. Los relatos se fueron adornando con el paso del tiempo hasta conformar la leyenda que cae de lleno en el reino de la fantasía.

Esta leyenda fue extremadamente popular en los Siglos XVII y XVIII. A la búsqueda de los Césares se debe gran parte de la exploración de la Patagonia durante aquel período. Así, entre los años 1550 y 1792, se organizaron al menos veinte expediciones en busca de la ciudad, tanto desde Argentina como de Chile.

De esta manera, en los mapas europeos de la época esta ciudad figuraba en los 50° de latitud sur, hacia la vertiente oriental de la cordillera, tal como aparecían ciudades que existían como Santiago o Buenos Aires.

Voltaire emplea a los Césares en “Cándido” como un reino utópico ubicado en la Patagonia al que llega su héroe. Esto también tiene un significado especial para mí pues “Candido” es una crítica al “mejor de los mundos posibles” de Leibniz, con quien tengo una personal relación.

El origen

La leyenda se origina cuando Sebastián Caboto establece Spiritu Sanctus en la confluencia de los ríos Paraná y Carcararia. Allí envía sendas expediciones al interior siendo una de ellas lideradas por el Capitán Francisco de Cesar en noviembre de 1528.

De acuerdo a Latcham el viaje de ida y vuelta de la expedición de César no demoró más de 2 y medio meses y se quedo muchos días con un cacique. Habrían andado unas 100 leguas, lo que los deja en la Sierra de Córdova, donde había tribus que habían recibido las influencias de la cultura incaica y que dominaban la metalurgia del oro y la plata. Francisco de Cesar vuelve relatando la existencia de una fabulosa ciudad recubierta de oro.

¿Podría haber estado refiriéndose a la capital imperial de Cuzco cuyo Corincancha estaba efectivamente revestido de planchas de oro? Los españoles entran a Cuzco en noviembre de 1533, es decir cuatro años después de la expedición de César. Por las distancias máximas recorridas y el hecho que los expedicionarios viajaban a pie, es evidente que no llegaron a Cuzco. Tampoco llegaron a Patagonia, que es el lugar donde se especulaba después que se encontraba la ciudad.

El nombre de “Ciudad de los Césares” se origina según unos en la ciudad descrita por César, y según otros en el título que se daba a su Cesárea Majestad el Rey de España.

Los primeros relatos dan cuenta de dos ciudades de los Césares, la una habitada por españoles y la otra por indios del Perú.


Los Césares Españoles

Hay varias tradiciones sobre el origen de la Ciudad de los Césares Españoles. Unos decían que eran ciudades opulentas fundadas por los españoles que se salvaron de Osorno y de los demás pueblos que destruyeron los Araucanos en 1599- Según otros, fueron erigidas por las tripulaciones de los buques naufragados en el Estrecho de Magallanes.

Al parecer la relación más verosímil tiene relación con la expedición del Obispo de Plasencia.[JCA1]

En el año de 1539, el obispo de Plasencia, Gutierre Vargas de Carvajal, preparó una expedición a Las Indias tras obtener una gobernación para su hermano Francisco de Camargo. La inversión fue cuantiosa, ya que se contrataron ocho naos de buen porte, de las que sólo zarpan cuatro, y se almacenaron pertrechos, armas y provisiones para una numerosa expedición colonizadora que debía dirigirse al sur de la gobernación del Río de la Plata, aunque parece que había otros objetivos ocultos, más ambiciosos, cuales eran llegar a las Molucas[1].

Los límites de la gobernación del Estrecho fueron poco más o menos lo que hoy consideramos la Patagonia chilena y argentina. La capitulación señalaba que la referencia era un punto de la costa del Mar del Sur muy concreto, poco más o menos entre 36° ó 37° Sur, bahía de Arauco, Concepción o río Bio Bio. Allí debía dirigirse la expedición, para después de establecer el paralelo correspondiente, posesionarse de la tierra y llegar al mismo grado en la mar del Norte.

Don Gutierre no quería buques amplios sino marineros “No se hacían para sacas u otras mercadurias sino para ir a las Indias de la Mar del Sur, cuanto mas bajas mejores para navegar y menos costosas, así de aparejos de jarcia, ancoras y cables”.

Tres de los buques contratados eran naos de 150 toneles machos y un galeón de 180. Esas capacidades se obtenían con una quilla de 30 codos (16.719 metros) y 13 codos en lanzaduras delante y detrás, es decir 23.963 metros de eslora total, en el caso de los buques pequeños. La manga era de 13.5 codos (7.523 metros). El de 180 toneles llevaba dos codos más de quilla. La manga era de catorce codos y un tercio en el grande (7.986 metros) y tenía cinco codos y medio de puntal (3.65 metros).


El casco era de roble, de siete en codo en la obra viva (79 mm) y de ocho en la obra muerta (69 mm). Debía ir calafateada y bruscada. Se impermeabilizaría con cinco estopas de la manga abajo y cuatro de allí hacia arriba, con cáñamo de Calatayud y brea, resina o sebo. Todos los buques llevaban castillo a proa y a popa.

La clavazón debía ser de cuatrocientos cincuenta clavos el quintal. Como embarcaciones auxiliares se suministraban dos esquifes y un batel por navío.

De lo que he leído estas naves eran muy parecidas en forma y dimensiones a la Nao Santa María de Cristóbal Colón.

La armada zarpo de Sevilla en agosto de 1539 y llegó a la boca oriental del Estrecho, a la cuadra del cabo Vírgenes, el 12 de enero de 1540. En la capitana iba el general y gobernador Fray Don Francisco de la Rivera. De las otras tres naos, una de ellas iba al mando de Alonso de Camargo y otra por un capitán Gonzalo de Alvarado.

No pudieron pasar a causa de los fuertes temporales provenientes del poniente que dispersaron la flotilla. El 22 de enero naufraga la nao capitana en la Primera Angostura del Estrecho, a unas 20 leguas de la boca oriental, salvándose el comandante de la expedición Fray Francisco de la Rivera y la tripulación de 150 hombres.

La nave de Alvarado trató de penetrar de nuevo en el Estrecho el 27 y 29 para tomar a su bordo los náufragos de la capitana. Estos esfuerzos fueron vanos y vientos y corrientes arrastraron a Alvarado a las ensenadas orientales de Tierra de Fuego. Avanzó al sur por el Estrecho de Le Maire, que separa la Isla de los Estados de Tierra del Fuego, siendo posible que haya penetrado el Canal de Beagle. Durante más de seis meses estuvieron en un Puerto de las Zorras, donde pusieron la nave en seco y calafatearon, para dirigirse en noviembre de 1540 a España. Sin embargo erró el rumbo y fue a dar al Cabo de Buena Esperanza, para terminar tras muchos contratiempos en la colonia portuguesa de Santo Tome en Guinea a mediados de 1541.

La tercera nave estaría bajo el mando de Sebastián de Arguello.
Carlos Morla Vicuña menciona que en ninguno de los registros relativos a la expedición encontró nombramiento o título alguno extendido a nombre de Arguello. Hubo un Juan de Arguello que en 1539 obtenía permiso para llevar esclavos a Indias, sin mencionar el destino. Puede haber sido que este fuera en la armada. Esta nao había cruzado el Estrecho, naufragando en los canales de la Patagonia. Son estos los náufragos que habrían conformado la población de la Ciudad de los Césares Españoles. Es también esta nave donde habrían estado embarcados el carpintero de rivera Pedro de Oviedo y el cantero Antonio de Cobos, quienes en 1567 llegan a Concepción donde relatan su estadía en la Ciudad de los Césares desde 1540.

El cuarto buque, al mando de Alonso de Camargo, en el que venía el Capitán Juan de Rivera, futuro encomendero de Pilmaiquen en Chile, logra cruzar el Estrecho hasta desembocar en el Océano Pacífico. No puede prestar ayuda a los náufragos de Arguello y toma rumbo al norte, desembarcando en el Puerto de Carnero, en las costas de Arauco, en Valparaíso donde Vivar dice tomaron agua y leña, para entrar muy maltratados al puerto de Quilca cerca de Arequipa, donde tuvo que vender el bastimento y provisión que llevaba a bordo, y de allí a la Ciudad de los Reyes (Callao). Durante años se mantuvo en Lima el árbol mayor del barco para conmemorar la primera navegación al Perú desde España por vía del Estrecho de Magallanes.

Jerónimo de Vivar en 1558 relata que personas que viajaron en este cuarto navío le informaron que “salidos a la Mar del Sur les dio al navío el través en una playa del cual se escapó la gente y sacaron lo más que llevaba el navío. Visto esto por el otro navío paresiole que la gente que estaba en tierra había de procurar entrárseles en el navío y los que estaban en él defendérselo. Por quitar estos inconvenientes se hizo a la vela”. Este relato ubica el naufragio en algún lugar pasado el Estrecho, en la Mar del Sur u océano Pacífico.

Alonso de Ovalle describe este abandono en 1646 de la siguiente manera “Desde la rivera los náufragos gritan y hacen señas a la nave pidiéndoles les tomen a bordo. Más estos entristecidos responden ‘¿Qué queréis que hagamos? Que no es posible daros la mano ni socorreros porque los bastimentos que nos han quedado son tan pocos que podemos tener no baste para nosotros y vosotros, y así perezcamos todos’. Dejároslos en la playa, llenando los aires de gritos y lamentos discurriendo por las playas de una parte a otra”.

Mariño de Lovera cuenta que fue este el único navío que cruza el Estrecho, en el cual paso la gente excesivos trabajos, probando diversas veces entrar por brazos de mar y esteros a la salida, hasta salir al Mar del Sur. Razones de entrar en él se vieron en mucho peligro, siendo entrado el invierno, lo que les obligó a estar unos siete meses. Después pasan a Alauquen donde desembarcan para aprovisionarse. Son recibidos con gran asombro por los indios dirigidos por su cacique Vineso. Esta es llamada Bahía del Carnero por los españoles, pues en ella los indios les obsequian un chilihueque o “carnero de la tierra”. Aparentemente se denominaba chilihueque a los guanacos domesticados. La ironía está que a cambio, desembarcan del barco ratas, introduciendo así esta plaga en Chile.

El naufragio según Oviedo y Cobo

Estos españoles declaran en Concepción que formaban parte de la marinería del navío comandado por Arguello. No mencionan a Fray Francisco de la Rivera, quien era el gobernador designado por el Rey y que naufragó en la Primera Angostura. No se trataba por lo tanto de la nave capitana.

Señalan que habían vivido desde el naufragio en 1540 hasta su arribo en Concepción en 1567, en un poblado fundado por el capitán Arguello en las riberas de un gran lago. Ellos habían decidido huir de aquel lugar tras haber dado muerte a un poblador muy querido del capitán Arguello, temiendo por sus vidas.

Declaran que desembocando por el Estrecho de Magallanes dos navíos del Obispo de Plasencia, estando sobre las anclas con tres amarras, en una rigurosa corriente que va del Mar del Sur (Pacífico) al Mar del Norte (Atlántico), esperando la marea para proseguir el viaje, se le rompieron las amarras una a una y sin poder remediarse, el navío dio contra la tierra firme.

Carvallo y Goyeneche transcribe parte de la “Conquista espiritual de Chile” del padre jesuita Diego Rosales escrita alrededor de 1666. Este también estaría basado en las declaraciones de Oviedo y Cobo. Dice: “de dos navíos que vinieron, el uno pasó felizmente el Estrecho, i el otro, combatido de una furiosa tempestad, dio al través veinte leguas adentro, i haciéndose pedazos en las peñas, salió a la playa la gente, a Dios misericordia.”

Aparentemente mueren en la catástrofe entre 13 y 15 personas. El Capitán Arguello logra poner a salvo el resto, que eran 150 soldados, 30 aventureros, 48 marineros, artilleros y grumetes, y 13 o 22 mujeres casadas, así como todas las armas, municiones, bastimentos y pertrechos. Hizo de las velas tiendas para que todos pudieran alojarse y puso a buen recaudo las municiones y el sustento, que desde luego lo empezó a racionar para que durase.

En aquel sitio permanecen 40 días (meses según la transcripción de Carvallo y Goyeneche), para preparar todo y por no haber podido determinar la latitud en que se encontraban, lo que en esos tiempos se decía “tomar la altura”.

Tres elementos son interesantes de esta parte del relato de Oviedo y Cobo:

Señalan en primer lugar que el naufragio ocurrió en los canales de la Patagonia, pues dicen “Que yendo los susodichos desembocando por el Estrecho de Magallanes en los dos navíos dichos”, sólo la nave capitana logra salir al océano Pacífico pues aseveran que “el otro navío que era la capitana, se sustentó bordeando y le vieron como se enmaró a la vela, que fue el que embocó en esta Mar del Sur, en que venía Riveros uno de los conquistadores desta tierra”.

Agregan en segundo lugar que la nave siniestrada “dio al través veinte leguas adentro”. ¿20 leguas al este de la desembocadura de los canales al Océano Pacífico en el Golfo Trinidad?

En tercer lugar dicen que estaban a 50 grados y 13 minutos. Esto último es de extremada importancia pues se trata de un dato bastante preciso.

“Tomar la Altura”

En 1581 el flamenco Michael Coignet decía que el arte de navegar se divide en dos. La navegación común o cabotaje consiste en conocer de vista todos los cabos, puertos y ríos, como surgen del mar, que distancia se extiende entre ellos y cual es la derrota de uno a otro. También consiste en saber las posiciones de la luna en que ocurren las mareas altas y bajas, el flujo y reflujo de las aguas, la profundidad y naturaleza del fondo.

La gran navegación o navegación de altura emplea además instrumentos y reglas ingeniosas derivadas de la astronomía. Para calcular la latitud se empleaban los astrolabios o las ballestrinas. En lo sustancial, la altura del polo sobre el horizonte permite conocer la latitud o “altura” en la nomenclatura de la época.

Los navegantes del siglo XVI usaban la Estrella Polar en el Hemisferio Norte, que se haya aproximadamente en el Polo Norte Astronómico. En el Hemisferio Sur se empleaba la proyección del brazo mayor de la Cruz del Sur, denominada en aquella época como “El Crucero”, para hallar el Polo Sur Astronómico, ya que no hay ninguna estrella en esa posición. También podía estimarse la latitud calculando la altura de ciertas estrellas, incluso el sol, cuando estas cruzaban el cenit.

La determinación de la longitud era un problema que recién se solucionaría en el siglo XVIII. No es posible medir la longitud sin disponer de un reloj marino que sea exacto y no se inventó ningún instrumento de esas características sino hasta el siglo XVIII.

Los navegantes de los siglos XVI y XVII tenían mediciones de la latitud de diversos puertos en las costas de Chile, que permiten determinar que el error de medición de aquella época era ±30’ respecto de la verdadera latitud.

Sarmiento de Gamboa, en su “Relación y derrotero de viaje y descubrimiento del Estrecho de la Madre de Dios, antes llamado de Magallanes”, describe el procedimiento que se empleaba para tomar la altura en alta mar. El 27 de octubre de 1579 dice “Tomóse ese día el altura Pedro Sarmiento en 19 grados y 22 minutos, Antón Pablo en 19 grados y 50 minutos y Hernando Alonso en 19 grados y 5 minutos. Como se ve, el rango de las mediciones tomadas en el mar fue de 45 minutos.

El 22 de noviembre del mismo año, Sarmiento desembarca en la bahía que denomina Santísima Trinidad, donde toma la altura con tres astrolabios, los cuales coinciden en 50 grados, lo que es hoy la latitud del Golfo de Trinidad, que Sarmiento calculó con absoluta exactitud.

En febrero del año siguiente, desembarca en Punta Santana donde toma la altura en tierra con dos astrolabios calculándola en “53 grados y medio largos”, siendo la verdadera latitud de unos 53 grados y 10 minutos, es decir un error de 20 minutos.

Esto es muy importante, las alturas tomadas en alta mar con tres astrolabios eran muy imprecisas y con un alto grado de variabilidad debido a la oscilación del buque. En tierra, en cambio, se lograba mayor precisión.


Lo anterior permite inferir que la altura que indican Oviedo y Cobo (50°13’ S) como el lugar en que naufraga la tercera nave del Obispo de Plasencia, debía ser bastante precisa y permite ubicar el siniestro en algún lugar entre los 50°00’ y los 50°30’ verdaderos.

La expedición al Estrecho de Sarmiento de Gamboa

Me parece que esta latitud de aproximadamente 50° queda corroborada por las acciones emprendidas por Sarmiento de Gamboa años después, cuando buscaba el derrotero para navegar desde Perú a España por vía del Estrecho de Magallanes.

En 1579, Sarmiento de Gamboa emprende la búsqueda de la boca occidental del Estrecho por instrucciones detalladas del Virrey que ordena que navegue sin tocar las costas de Chile “sino poniéndoos a los 54 o 55 grados como viéredes que más conviene para hallaros en el paraje de la boca del Estrecho”.

Sarmiento en los hechos arrumba al continente en los 50°. De haber llegado a los 54 o 55°, habría rebasado el Estrecho por el sur, ya que la boca buscada se encuentra en los 52°30’.

Es seguro que para emprender el viaje, Sarmiento estudio los derroteros de otros aventureros australes. Sin embargo en su Relación es parco en sus recuerdos hacia otros porque quiere presentarse ante el Rey como el nuevo e indiscutible descubridor.

Uno de tales relatos debió ser el de la única nave que sobrevive a la expedición de Plasencia de 1540, pues es ella la primera que cruza el Estrecho desde España a Perú.

Cieza de León refiere que tuvo en su poder una relación de ese viaje que indicaba “los grados en que estaba el Estrecho y de lo que pasaron en su viaje y muy trabajosa navegación”. Ese manuscrito le fue hurtado e irremediablemente perdido, si bien hay indicios que aun existe pero es pobre e impreciso.

Al considerar la decisión de Sarmiento de arrumbar al este en 50° S, se puede conjeturar que la nave de Alonso de Camargo sale al mar abierto en esa latitud, en lo que hoy es el Golfo de Trinidad, lo que es transmitido a otros navegantes de la época.

Así por ejemplo, en 1557, Juan Ladrillero zarpa de Valdivia para reconocer y ocupar el Estrecho. El inicia su búsqueda entrando por el Canal Concepción, cuya boca norte se conecta al Golfo de Trinidad.

Esto es consistente con la latitud indicada por Oviedo y Cobo según la cual se había abandonado los náufragos en 50° 13’ S.

El lugar del naufragio

De ser correcta la latitud señalada por Oviedo y Cobo y las “20 leguas adentro” de la trascripción de Carvallo y Goyaneche, el naufragio debió ocurrir en la ribera norte del Fiordo Europa (50°10’ S; 74°14’ W). Este Fiordo corre unos 50 km en sentido NW a SE. Desemboca en el Canal Wide y cierra por el SE con un ventisquero de las estribaciones australes del Campo de Hielo Sur.

La trascripción de Carvallo y Goyeneche dice: “El peligro de la vida, la pérdida i los gemidos Lágrimas, aunque fueron grandes, se fueron cada día aumentando mas viéndose en una tierra desierta, cercada de una parte por un inmenso mar, i por otra de unas altísimas sierras nevadas, i una cordillera sin camino ni senda, mas que unas peñas cubiertas de nieve.” El Fiordo tiene un ancho superior a 2,5 km en aquellos lugares, en tanto que el Campo de Hielo Sur, ubicado inmediatamente al este del hipotético lugar del naufragio alcanza alturas de hasta 3.600 metros sobre el nivel del mar.

Oviedo y Cobo declaran que antes de abandonar el lugar del naufragio para ir tierra adentro, dejaron allí diez piezas de artillería y jarcia. Estas piezas aun permacerian allí

Según Rosales en 1640 el sacerdote jesuita Jerónimo de Montemayor, se ofrece a acompañar una expedición organizada por el Gobernador de Chiloé Dionisio de la Rueda, tras haber sabido que hacia el Estrecho había españoles blancos, según relató un indio llamado Atapa. La expedición del Padre Montemayor dice haber dado “fondo en el puerto de los Pabellones en la costa de la provincia de Pucaqui, frontero de los Gaviotas, gente agigantada. Allí hallaron que había dado a la costa un árbol de navío que todos los entendidos de la mar por las señas dijeron que era un árbol de baupres, y vieron entre los indios de aquellas islas pernos y clavazón vizcaína, señal de que todo era de navío de españoles.”

En el siglo XVII denominaban Gaviotas a los indios Chonos, hoy extintos al igual que su idioma el Kaukahue, pues sus gritos imitaban a las gaviotas. Estos habitaban en el Archipiélago de los Chonos hasta el Golfo de Penas, siendo nómades al igual que los Alacalufes, que vivían en los canales al sur del Golfo de Penas.

La provincia de Pucaqui ha desaparecido de la toponimia austral, pero debe referirse justamente a los Alacalufes, que eran “fronteros con los Gaviotas” por el Sur.

También ha desaparecido de la toponimia austral el Puerto de los Pabellones. Sarmiento, que exploró esas costas, no menciona un puerto de los Pabellones.

¿Qué son los Pabellones? De acuerdo al Diccionario de la Real Academia se denomina Pabellón a una tienda de campaña en forma de cono, sostenida interiormente por un palo grueso hincado en el suelo y sujeta al terreno alrededor de la base con cuerdas y estacas”.

Risopatron describe una “Punta Pabellón” ubicada en la parte sudoeste de la Isla de Chiloé, esto es en los 43° S y fuera de área que nos interesa, en los siguientes términos “Es escarpada, tajada al mar, presenta la forma de una tienda cónica de campaña”

Se puede inferir que el Padre Montemayor hacía referencia a una bahía dominada por uno o más montes de forma cónica.

¿Alcanzó el Padre Montemayor las latitudes del Fiordo Europa? Solo la prospección visual de la zona podrá dar señas más precisas del lugar del naufragio. Estas piezas de artillería, enterradas por los náufragos en esas costas, son mudos testigos de la tragedia y quizás los únicos vestigios de los Césares.

El viaje al interior

Oviedo y Cobo declaran que el Capitán Arguello se metió “la tierra adentro, inclinándose al nordeste del sitio del naufragio”. Este rumbo al noreste reafirma la hipótesis que estaban sobre las costas del Pacífico, coincidentemente con lo expresado por Vivar.

La razón de abandonar el sitio se hace evidente por el difícil clima de la zona. Empaire dice de los canales patagónicos: “El viento es soberano de estas soledades. Con todo su peso se descarga sobre el bosque al cual aplasta y sobre el mar que pulveriza y que casa. Sin parar, durante días, y a veces semanas, el mundo de los archipiélagos, anegados en lluvia, es maltratado sin respiro por la tempestad, los árboles se pliegan bajo el irresistible empuje, el mar golpea violentamente las rocas y en medio de este desencadenamiento, pedazos de glaciares se derrumban con un ruido infernal”.

Lo crudo del clima y la pobreza del ambiente como proveedor de alimentos quedan de manifiesto de los relatos de los sobrevivientes del naufragio de la “Wagner” a mediados del siglo XVIII.

En la trascripción de Carvallo y Goyeneche se indica que “Hicieron un barco que fuese a pedir socorro al Perú, que Chile aun no se había poblado, i fue su ida hermano, porque no llegó a ella”. Cada nave de la expedición del Obispo de Plasencia estaba dotada de un batel y dos esquifes. Sarmiento hace extenso empleo de bateles durante sus exploraciones de los canales fueguinos. Cada uno llevaba 15 a 17 personas embarcadas.

Aparentemente el batel fue despachado a Perú para que pidiese socorro. Dicha barca, tripulada por 14 hombres muy diestros en el arte de navegar, se detiene en un río ancho, para luego seguir hasta la Isla de los Pinos en ¡Nicaragua!, donde naufragan y son rescatados un año después.

Sin embargo tenían el conocimiento suficiente para construir naves a partir de árboles que talaban en las costas. Sabemos que Cobo que estaba en ese navío, era carpintero de rivera y por lo tanto capacitado en la construcción de barcos.


Parece que los náufragos deciden abandonar el lugar del siniestro conjuntamente con el zarpe del batel a buscar ayuda. Rosales dice “considerando cuan aventurada iba aquella embarcación y los inciertos y falibles esperanzas que de su remedio pudieran tener en ella, se pusieron en camino la tierra adentro, llevando rumbo al oriente, hasta que encontraron unos llanos, a la falda de la Cordillera Nevada, con numerosas rancherías de indios.”

Según Oviedo y Cobo, los náufragos caminaron durante siete jornadas hacia el Noreste, cuando encontraron un contingente indígena que les venía a reconocer.


El viaje fue terrible. En Carvallo y Goyaneche se lee: “Con que viéndose toda esta gente sin qué comer, sin abrigo, sin comunicación de indios i sin embarcación con que buscar algún puerto, entraron en consejo, i determinaron ir en busca de alguna tierra habitable, porque aquella, por su aspereza de cordillera i por la continua nieve que caía, era inhabitable. Treparon por aquellas penas rompiendo la nieve, i traspasando montes, hallaban dificultades a cada paso, porque caminaban doscientas personas, que escaparon todas del naufragio; desnudas por entre la nieve, descalzas por entre peñas vivas, exhaustas de la hambre, traspasadas de los hielos, desfallecían los mas robustos i se desanimaban los mas animosos, al ver que cuanto mas montaban las alturas de aquellos montes, descubrían otros has empinados, que tal es la fiereza de estos montes gigantes de la cordillera de Chile, que puestos unos sobre otros asombran con su grandeza i se hacen sombra los unos a los otros, levantándose sobre las nubes i mirándolas desde lo alto como una sombra. Aquí se quedaba la mujer flaca sin poderoso menear; allí se clavaba entre la nieve el hombre mas robusto, pidiendo confesión. Animábamos el capitán, que se llamaba Sebastián de Argüello, i a él i a los demás los tres sacerdotes con palabras del cielo, i con la esperanza de que, no desfalleciendo, encontrarían tierra habitable i gente que les socorriese en la necesidad en que se veían.

“Así caminaron siete días, pasando montes de nieve i cerros encumbrados sobre las nubes, cuando descubrieron desde lo alto tierra, llana, que fue para ellos tierra de promisión. Caminaron alegres, llevando ya cuesta abajo las dificultades, pero mas cuesta arriba el hambre i el sufrimiento. I cuando se vieron en él llano, que es como un mar de llanura, que corre mas de 300 leguas hacia Buenos Aires, Tucumán i Paraguai, se marearon, no sabiendo a donde ir ni por donde discurrir en tierra tan sin curso, ni camino.”

La ubicación de los Césares Españoles.


Continúa Carvallo y Goyeneche: “No era esta la menor dificultad, pero a pocas jornadas encontraron gente que habiéndolos divisado, desconocido el traje, personas nunca vistas de aquel color en aquellas tierras, salieron con sus arcos i flechas, con sus dardos i porras a pelear con ellos; mirándolos como enemigos por no verlos de su nación, ni traje, que era el de nuestros primeros padres, embarrado el cuerpo con tierra colorada i el rostro de tierra, blanca. Pusiéronse en arma los españoles viéndolos venir, prepararon las bocas de fuego que llevaban, i con ellas mataron algunos indios i los demás huyeron de espanto. Procuraron hacerse amigos con ellos i darles a entender, aunque no se entendían, no venían a hacerles mal, sino a buscar donde vivir. Hicieron un fuerte i una ciudad, que comúnmente se llama la ciudad de los Cesares, por haber venido en tiempo del Cesar estos españoles a Chile i sido los primeros que poblaron en él i fundaron ciudad, la cual en parte tan retirada i escondida.”

Como se verá más adelante, estos indígenas eran tehuelches, más específicamente Poyas o Tenesh, pues además de habitar en esas latitudes, usaban el arco y la flecha y acostumbraban a pintar sus caras e incluso sus cuerpos.

De acuerdo a Oviedo y Cobo, “dieron con una población a orillas de un lago largo, donde hallaron mucho sustento de la tierra y cecinas de animales del campo, pajarería, pescado seco y otros mariscos”, con quienes terminan mezclándose. De hecho indican que “se dio principio a bautizarlos e inducirlos a las cosas de nuestra fe católica” y que el capitán y tres sacerdotes que llevaban, “mandaron que las mujeres que se recibieron fuesen legítimas”, dando el capitán Arguello ejemplo a los demás, entablando parentesco con los Poyas que frecuentaban las riberas del lago. Indican que había otras seis poblaciones o tolderías asentadas en las cercanías.

Oviedo y Cobo agregan además que el Capitán Arguello se “alojó en 47 grados”, que si se ajusta por el error de medición correspondería a una franja entre 46°30’ y 47°30’, coincidentes con la latitud de los lagos Cochrane y General Carrera o Buenos Aires.

El Lago General Carrera o Buenos Aires es el segundo mayor lago de Sudamérica después del Titicaca, con 223 mil hectáreas y una longitud superior a 160 km. Se encuentra en 46°30’ Sur. En su extremo sur se conecta con el Lago Bertrand, ubicado en 46°55’ S y 72°50’ W, por donde desagua al Rio Baker. Este es más grande y accesible que el Lago Cochrane, que está en 47°15’ también desagua en el Río Baker, y fue punto de reunión para los Ténesch. Era tierra sagrada y lugar de sepultura de muchos de ellos.

Esta gran masa de agua influencia positivamente el clima de sus riberas. De hecho Chile Chico goza de un microclima que permite cosechar frutos que no se pueden obtener en localidades de las mismas latitudes, pero alejadas de los efectos benéficos del lago. Según Di Castri y Hajeck, el período de actividad vegetativa en Chile Chico es de 7,2 meses, lo que duplica el período vegetativo que se determina para otras estaciones climatológicas de Aysen y es semejante a los períodos vegetativos que se verifican al norte de la Isla de Chiloé y en el lago Llanquihue.

De acuerdo a Latcham es posible que este sea el “lago largo” de clima temperado en cuyas orillas se hallaban las tolderías de los indios y donde establecieron su morada los náufragos. Latcham conjetura además que, con el abandono obligado de las formas de vida europea y el mestizaje, a la larga tienen que haber sido absorbidos por el medio.

Las referencias españolas

Jerónimo de Vallejo, escribano del Cabildo de Santiago del Estero, Alonso de Tula Cerbin, escribano Mayor del Tucumán, y el capitán Pedro Sotelo de Narváez, declaran que cuando Jerónimo de Alderete, paso por ordenes de Valdivia a explorar la Patagonia, tuvo noticia de la existencia de españoles procedentes de la armada del Obispo, que se hallaban aliados con los indios habiendo tomado mujeres entre ellos. En efecto, en 1551, esto es once años después del naufragio, Pedro de Valdivia encomienda a Jerónimo de Alderete la exploración hacia el sur de Angol por un término de veinte días. Alderete cruza el río Cautín alcanzando Maquehua. Es en esta exploración donde hay referencias de los españoles del Obispo de Plasencia.

Aparentemente, además de haber despachado el batel por ayuda tras el siniestro, los náufragos hicieron esfuerzos para alcanzar a otros españoles radicados más al norte. En 1557 Juan de Espinosa declara que había oído decir a muchos principales como eran el Capitán Peñalosa y Diego Pérez, que habiendo ido de la otra parte de la cordillera hacia el Mar de Norte, se habían tomado indios que decían que habían venido cristianos en demanda de los cristianos de Chile, pero que la muchedumbre de indios que se les habían opuesto no los habían dejado pasar, y tuvieron que volverse dejando señales de cruces en los árboles y hasta una carta en una olla al pie de un árbol. Decía además que algunos indios puelche referían que los españoles residían en medio de dos brazos de un río y tenían muchos hijos y obedecían a un español que llevaban en andas llamado Juan de Quiroz[2]

A principios de 1584, Pedro Sarmiento de Gamboa tras fundar la fatídica ciudad del Nombre de Jesús en el Estrecho de Magallanes, reciben las primeras visitas de los indios y se admiran los españoles al oírles decir “¡Paz, paz! ¡Jesús Maria! ¡Capitán, capitán!” y algunas otras palabras castellanas. Por señas parecían indicarles que la tierra adentro era mejor que ese sitio y que más adentro había gente con barbas, vestidos y con botas, como ellos, lo que hizo suponer a Sarmiento que, o bien eran españoles de Chile, Tucumán y otras partes cuyas noticias de su existencia se transmitían los indios o restos de expediciones anteriores que habían naufragado por esas comarcas y de ellos habían aprendido esas palabras.

Rosales refiere que en 1619, es decir cerca de 80 años después del naufragio, sale de Chiloé una expedición a Allana[3] liderada por Juan García Tas. Estos capturan a dos indios que venían en una piragua a quienes consultan si tenían noticias de Españoles cerca del Estrecho, a lo cual uno respondió que sí, que estaban “sitiados junto a una laguna en tierra firme y que por los desaguaderos de la laguna bajaban en embarcaciones pequeñas al mar a pescar y mariscar, y que de allí pasaban a maloquear indios que les buscasen y sacasen el marisco”.

De acuerdo al Diccionario de la Real Academia de la Lengua, maloquear significa “Invasión de hombres blancos en tierra de indios, con pillaje y exterminio.” Se trataba por tanto de acciones destinadas a forzar a los indios a mariscar de las profundidades. Estos bien podían ser los alacalufes, que tenían una dieta en parte conformada por mariscos, los que Empaire dice obtenían buceando en las gélidas aguas de los canales patagónicos.

A fines del siglo XVII, el superior de los Jesuitas de Chiloé, Nicolás Marcardi, emprende viajes de reconocimiento patrocinados por el gobernador de Chiloé, cuyo objeto era “buscar una población europea que se decía estar por ese rumbo”. Atravesó cuatro veces la Cordillera entre 1669 y 1673 y se internó por la Patagonia hasta tocar en dos ocasiones el Atlántico.

En su relación transcribe lo que le refirieron indios: “los españoles de aquella ciudad tienen casas de tapoas cubiertas de paja al modo de los indios, que viven con cerco de empalizada muy bien confeccionada, que el cabo o gobernador de ellos se trata con mucha autoridad, que tienen casas de dos altos, caballeriza con caballos de regalo herrados de pies y manos y que no se dejaba ver ni hablar de todos, que trae bastón y espada ancha y que le llaman Huinca, que en lengua de los indios significa español. No supieron decir si tenía Iglesia, sólo que tenían trigo, cebada, alverjas y frutos diferentes, vinos, vacas, paño, lienzo y otras cosas propias de españoles. La Ciudad dijeron, estaba situada en una grande isla, a donde se va con embarcaciones grandes que tienen aquellos españoles, y tardan unos cuatro días en venir a tierra. Más que la isla se ve desde la costa del mar[4]. Muy preguntados que camino llevaba para entrar en esa ciudad dijeron que iban siguiendo el río que sale de la laguna de Nahuel Huapi, el cual va prolongándose hacia el oriente por unas cien leguas y después se va inclinando hacia el sur otras setenta leguas hasta salir a la mar brava. De allí van caminando otras cien leguas y en ellas hay dos lagunas y ríos grandes que pasar hasta llegar a la vista de la isla; ahí esperan algunas de la muchas embarcaciones que van y vienen a tierra y que donde se embarcan es mar salado. Después de esto tuvo el Padre noticia de otra ciudad de españoles que está situada entre la Cordillera hacia la parte de los chonos y el mar austral.”

El río Chubut nace en una cuenca colindante con la cuenca del Nahuel Huapi y por lo tanto no lo desagua. Tiene un curso primero hacia el sur y luego hacia el oriente para desembocar en Punta Castro (43°22’ S, 65°03’ W). De esta manera, se seguiría el curso del río Chubut hasta su desembocadura. Desde la desembocadura del Chubut hasta el Lago General Carrera hay aproximadamente 100 leguas como indica el derrotero, y hay en ellas “dos lagunas”, los lagos Musters (45°27’ S y 69° 13’ W) y Colhué Huapi (45° 30 S y 68° 48’ W).

Su principal desaguadero es el río Limay, pero este tiene un curso primero hacia el norte y luego hacia el oriente, desembocando como rio Negro cerca de Viedma en 41° de latitud.

Pedro de Lozano relata que en 1711 llegó a Chiloé uno de los Césares Españoles, quien hizo relación que en un ángulo en la vertiente oriental de la Cordillera, están situadas tres ciudades de españoles. Circunda aquellas localidades por el norte un gran lago “de muchas leguas”, que les sirve de fortificación contra las invasiones de los indios Puelches y otras naciones.

En 1714, Silvestre Antonio de Rojas, que vivió muchos años entre los indios Pehuenche por haber sido capturado por ellos en las campañas de Buenos Aires, expone ante el Rey un Derrotero desde Buenos Aires a la Ciudad de los Césares que dice haber efectuado en 1707. En dicho derrotero, señala que “A las partes del norte y poniente, tienen la Cordillera Nevada” y para llegar a ella hay que cruzar un gran río. Su clima es muy benigno, “tan sano y fresco, que la gente muere de pura vejez.” Hacia el poniente hay productivas chacras y campos ganaderos. Asimismo el mar estaría unas 2 leguas al Sur, de donde se proveen de pescados y mariscos.

Si bien Rojas asegura que “Nadie debe creer exageración lo que se refiere, por ser la pura verdad, como que lo anduve y toqué con mis manos.”, sospecho que esto no es así, sino que relató lo que había escuchado de sus captores, lo que da por cierto.

Así el dice: “Desde dicho valle, costeando el río, á las seis leguas se llega á un pontezuelo, á donde vienen los Césares españoles que habitan de la otra banda, con sus embarcaciones pequeñas (por no tener otras), á comerciar con los indios. Tres leguas mas abajo está el paso, por donde se vadea el río á caballo en tiempo de cuaresma, que lo demás del año viene muy crecido.” Agrega además: “En la otra banda de este río grande está la ciudad de los Césares españoles.” Estos son unas nueve leguas, es decir unos 30’ de mayor latitud respecto de la última posición que puede ser medianamente comprobada. Con esto la ciudad de los Césares españoles estaría cuando más a 41°30’ Sur. Sin embargo allí no hay nada que concuerde con la misma descripción que Rojas da de la Ciudad.

Falkner, que desarrolló su labor pastoral por más de 60 años en la Patagonia a mediados del siglo XVIII, es escéptico respecto de estos Césares Españoles. Señala: “Lo que hace más increíble haber esta colonia de los Césares, es la misma imposibilidad moral de que 200 o 300 europeos, casi todos hombres, pudiesen sin tener comunicación alguna con un país civilizado, penetrar por medio de tantas naciones belicosas y mantenerse como una república separada en un país que no produce cosa alguna, y donde los moradores subsisten sólo con la caza, y todo esto por espacio de 200 años, sin haber sido extirpados, muertos o hecho esclavos por los indios, o sin perder las apariencias de europeos, entremezclándose con ellos: fuera de que no hay un pie de tierra de este continente, por donde las gentes vagabundas no pasen cada año, pues aún el desierto inhabitado que está a orillas del Océano Atlántico, es frecuentado como paso, así para enterrar los huesos de los difuntos, como para coger la sal. Sus caciques y otros de reputación y crédito entre ellos me aseguraron que no había gente blanca en aquellos parajes, excepto los que son muy conocidos de toda Europa, a saber, los de Chile, Buenos Aires, Chiloé, Mendoza, etc.”

Sin embago, ¿de donde surgieron Oviedo y Cobo?

Los Poyas o Ténesch

Suelen distinguirse dos grupos de tehuelches, con lenguas distintas pero que se entendían entre ellos. Los del sur, los aónikenk auténticos, con su lengua tshon, y los septentrionales, los gennaken, también günün-a-küna, que hablaban el kuni.

Fue común en ellos pintarse el rostro y a veces el cuerpo. Se dejaban el cabello bastante largo. Vestían precariamente con dos cueros de guanaco joven (chulengo), uno como delantal y el otro como capa, con los pelos hacia adentro, generalmente armados por piezas chicas cosidas con tripas delgadas, al menos hasta que se toparon con los europeos. Su alimentación base era la carne de guanaco, de ñandú y de huemul; manjar, el huevo del ñandú. Nómades por naturaleza, se cobijaban en toldos o tiendas de cuero armadas con varas firmes y duraderas, que trasladaban en sus andanzas. Conocieron una primitiva alfarería para confeccionar tiestos livianos, seguramente aprendida de los araucanos o pehuenches; durante la época hispánica abandonaron esta habilidad. Fueron diestros en el uso de la lanza y de las boleadoras largas de tres piedras redondas o de tres bolsas de cuero rellenas con arena. Se organizaban en tribus y mantenían derechos territoriales, por lo cual sostenían constantes batallas entre ellos.

El francés Guinnard, que estuvo preso tres años por los indígenas, reconoce nueve tribus con sus respetivos dialectos: los poyuches, los puelches, los cailiheches, los cheueches, los cangnecaueches, los chaoches, los uiliches, los dilmaches y los yakahches. Estamos hablando de 1856-1859, cuando el caballo ya les había cambiado los hábitos para arribar a un nomadismo muy activo y con más estrechos lazos hacia el sur, hacia el norte y con gentes del otro lado de Los Andes. Las nueve tribus se entendían perfectamente porque tenían una raíz lingüística común. A Guinnard, capturado más o menos en el sector de Río Cuarto, se lo llevaron los poyuches más al sur del Río Negro; recorrieron en tres años toda la pampa (actuales territorios de San Luis, La Pampa, Neuquén y Río Negro, incluso las montañas del poniente, es decir las del actual Aisén).

Los poyuches de Guinnard, también llamados poyas, payos, peyes o Ténesch, lo mismo que los Tehuelches y los Onas, eran uno de los pueblos patagones del sur o Chónik. Los Tehuelches, los más conocidos, ocupaban en área mayor, desde el río Chubut hasta el Estrecho de Magallanes; los Onas en Tierra del Fuego y los Ténesch arrimados a la Cordillera desde el Nahuel Huapi al sur, estos últimos particularmente en el Alto Río Negro, donde tuvieron contacto con huilliches y chonos, pues siendo cazadores y recolectores pedestres, bajaban al Reloncaví por los pasos cordilleranos.

Eran de tez clara, altos, corpulentos y de temperamento pacífico y dócil. Su economía estaba basada en la caza y la recolección de raices, por lo que eran nómadas. Con frutas silvestres (Calafate), hacían chicha con que se embriagaban y a la que agregaban sustancias tóxicas para envenenar a sus enemigos. Los principales animales que cazaban eran los pájaros, guanacos y avestruces. Antes de la adopción del caballo en la primera mitad del siglo XVIII, realizaban la caza a pie, con arco y flecha. Para acercarse a los animales solían disfrazarse con plumas de Avestruz o utilizaban pequeños guanacos amansados como cebo.

Para protegerse usaban un simple para-vientos, hecho con unos palos y algunas pieles de guanaco que ponían del lado donde soplaba el viento.

Sus armas eran el arco corto y recio con cuerda fabricada de intestino de animal. Las flechas también cortas, emplumadas y con punta de piedra, las guardaban en un carcaj de cuero. No conocían cestería ni cerámica y sus utensilios eran de hueso y cuero.

La organización social y política no era muy sólida. La base era la familia y por encima de ella las parcialidades, esto es, grupos de 15 a 40 familias con un cacique al frente. Estas parcialidades solían ser inferiores a 400 personas en total. El cacique era mal obedecido. Una de sus funciones era ordenar el rumbo y el sentido de las continuas migraciones, disponer el orden de la caza, distribuir justicia con el primitivo sistema de la pena del talión y capitanear la gente en guerras y malocas.

Tenían diferencias con otras tribus en cuanto a las relaciones matrimoniales; “No solo de un hombre con muchas mujeres, sino también de una mujer con muchos hombres, con los cuales alternativamente comunica y viven todos en una misma casa, y cuando uno va de caza, el otro sustituye sus veces.”

En materia de religión solo temían una causa oculta que ellos no veían ni sabían que era, la cual les podía hacer el bien o el mal, y que llamaban “Chahuelli”.

Los poyas no cuidaban muy especialmente a los enfermos. Los sacaban afuera para que murieran allí y no contaminasen la habitación, pues creían que cuando uno moría en ella, ésta quedaba apestada con el chahuelli que había entrado con la muerte.

Enterraban los muertos depositándolos en posición extendida sobre la cima de las colinas. Luego recubrían el cadáver con piedras y sobre la tumba sacrificaban los animales que en vida habían sido de propiedad del fallecido. Estas sepulturas, que se encuentran en toda la Patagonia, son llamadas Chenques.

Hacia mediados del siglo XVIII, las poblaciones habían sido muy diezmadas por la viruela, como lo indica Falkner. Hacia fines del siglo XIX se extinguen los últimos tehuelches, desapareciendo con ellos tradiciones y leyendas milenarias, entre ellas los relatos de un grupo de españoles que quedaron abandonados en las costas del Mar del Sur.

Todo lo que queda son pinturas ceremoniales en las quebradas cercanas a Cerro Castillo, al norte del Lago General Carrera, o el Río Pintados, Argentina, ubicado al sur de dicho lago.


El Derrotero de Silvestre Antonio de Rojas

Como se señaló, a inicios del Siglo XVIII, Silvestre Antonio de Rojas describe un derrotero para llegar a la Ciudad de los Césares Españoles. El había sido prisionero de los Pehuenche que habitaban sobre la Cordillera de los Andes entre los volcanes Antuco y Villarrica. Para poder haber alcanzado la Ciudad de los Césares, debió haber acompañado a sus amos en correrías hacia el sur, en territorio de los Puelche.

El derrotero comienza en Buenos Aires. Desde allí va señalando los accidentes geográficos más importantes, las naciones indias que habitaban el lugar y las leguas recorridas.

Del análisis de las leguas acumuladas, se concluye que queda corto respecto del Lago General Carrera.

Sin embargo, se podría llegar a una mayor aproximación considerando los accidentes geográficos, particularmente los ríos.

Como se indicó, el derrotero comienza en Buenos Aires desde donde yendo al oeste se llega al Cerro Payen: “De dicho rio Tunuyan, que es muy grande, se siguen treinta leguas de travesía, por médanos ásperos, hasta descubrir un cerro muy alto, llamado Payen. Aquí habitan los indios Chiquillanes. Dicho cerro es nevado, y tiene al rededor otros cerrillos colorados de vetas de oro muy fino; y al pié del cerro grande uno pequeño, con panizos como de azogue, y es de minerales de cristal fino.” Dice además que queda al sur de Mendoza.

Dicho cerro corresponde a los Altos de Payun, pues se ha conservado la toponimia, el que está en 36°38’ S y 69°27’ W, es decir al sur de Mendoza.

Prosigue Rojas: “Caminando diez leguas, se llega al río llamado San Pedro, y en medio de este camino, á las cinco leguas, está otro río y cerro, llamado Diamantino, que tiene metales de plata y muchos diamantes. Aquí habitan los indios llamados Diamantinos, que son en corto número.”

No se cuales son los Ríos San Pedro y Diamantino. Este último no puede ser el Río Diamante actual pues este se corre al norte de Altos de Payen. Llama la atención las distancias de 5 leguas, pues esta era la distancia media entre tambos en el Camino del Inca y corresponden a una jornada de camino.

Continúa el derrotero: “Cuatro leguas mas al sur, hácia el rio llamado de los Ciegos, por unos indios que cegaron allí en un temporal de nieve, habita multitud de indios, llamados Peguenches. Usan lanza y alfange, y suelen ir á comerciar con los Césares españoles.”

Vicuña Mackenna cuenta que el paso El Planchón se conocía como Valle de los Ciegos. Este divide las aguas del Río Teno y el Río Grande en Argentina y estaba habitado por los Pehuenche. El paso El Planchón está a 35°12’ S y desde allí el Río Grande corre al sur hasta desembocar en el Río Colorado.

En consecuencia el Río de los Ciegos correspondería al Río Grande y la posición señalada por Rojas sería la confluencia del Grande y el Barrancas para dar origen al Colorado, en la actual localidad de Buta Ranquil, en 37°02’ S y 67°52’ W.

Sigue Rojas: “Por el mismo rumbo del sur, á las treinta leguas, se llega á los indios Puelches, que son hombres corpulentos, con ojos pequeños. Estos Puelches son pocos, parciales de los españoles, y cristianos reducidos en doctrina, pertenecientes al Obispo de Chile”.

Se sabe que los Pehuenche habitaban la cordillera hasta la latitud del Volcán Villarrica, esto es los 39°25’ S, limite sur de los bosques de Araucarias. Por otra parte, cada grado de latitud equivalía a 17,5 leguas, con lo que las treinta leguas se cumplirían en torno a los 38°45’, cerca de la actual localidad argentina de Mariano Moreno. Parte del trayecto se habría hecho al oriente del cauce del Río Neuquén que en ese tramo corre de norte a sur.

Poepping, que conoció a los Pehuenche en Antuco hacia 1829, cuenta que eran nómadas y vagaban permanentemente por Los Andes bajando a las llanuras a maloquear a veces tan lejos como las cercanías de Buenos Aires, donde se les conocía como indios Pampa. Sólo cuando el invierno cubría las partes superiores de las montañas con profundas nieves y cuando los interminables aguaceros e indescriptibles crecidas de los ríos hacían imposible la vida vagabunda, construían una vivienda más protegida para invernar. Cuando se volvía a derretir la nieve, subían a puntos cada vez más elevados de la montaña, pero sin salirse de un determinado distrito, que había pertenecido desde tiempos inmemoriales a la tribu.

Estos eran los captores de Rojas. Cómo producto de la vida nómada de los Pehuenche, es probable que tuviera un conocimiento bastante acabado de la zona entre los 35° y 39° Sur aproximadamente, pero de allí al sur sus descripciones deben haber sido más imprecisas y circunscritas a lo que pudo ver en los eventuales malones que los Pehuenche pudieran haber organizado hacia los territorios de los Puelche, de los cuales eran enemigos.

Esta enemistad queda de manifiesto por Diego de Rosales que relata un viaje que efectuó a esas tierras para pacificar un conflicto entre Pehuenches y Puelches.

Los Puelche habitaban la pampa en lo que es hoy las Provincias de La Pampa y Río Negro, es decir entre los 36° y los 42° Sur. También eran nómadas y pero hablaban un idioma distinto al Mapudungun de los Pehuenche, que hoy está en extinción.

Destaca Rojas que “En la tierra de estos Puelches hay un río hondo y grande, que tiene lavadero de oro.”.

Este puede ser el Río Limay, que corriendo de sur a norte desagua el Lago Nahuelhuapi, para unirse luego con el Neuquén y dar origen al Río Negro. ¿Pero tenía lavaderos de oro?

Volviendo al Derrotero, Rojas indica: “Caminando otras cuatro leguas hay un río llamado de Azufre, porque sale de un cerro ó volcán, y contiene azufre.” No hay tal río de Azufre en las latitudes que hemos alcanzado. ¿Será tal vez el Aluminé uno de cuyos tributarios recoge aguas del Volcán Lanin?

Los Césares Peruanos

Diversas narraciones de la época de la conquista señalan migraciones hacia la Patagonia de poblaciones incaicas. Uno de ellos, basado en los quipus en que los Incas de Atacama mantenían registro de la historia, señala que un fuerte contingente de indios del Perú, unos 30.000, se había dirigido al sur por el Camino del Inca que corría por la vertiente oriental de la Cordillera de los Andes. Esto ocurrió en la época de la conquista tras la muerte de Atahualpa.

Hacia esa misma época habría habido una gran batalla entre el ejército incaico y las huestes promaucaes en las riberas del Río Maule, donde las fuerzas incaicas habrían sido diezmadas. Los restos de este ejército habrían cruzado la cordillera por el Río Putagan y, dado que los españoles ya habían entrado al Perú y muerto al Inca Atahualpa, se habían dirigido al sur, a la tierra de los Puelches.

Latcham menciona además un tercer contingente, conformado por los miembros de mitimaes del noroeste argentino, que tras una derrota con las fuerzas de Diego de Almagro tras pretender liberar al Inca Paullo, también se habían dirigido al sur.

La ubicación de los Césares Peruanos

El Derrotero de Rojas indica: “Por el mismo rumbo, á las treinta leguas, se halla un río muy grande y manso, que sale á un valle muy espacioso y alegre, en que habitan los indios Césares. Son muy corpulentos, y estos son los verdaderos Césares.” Agrega además: “En dicho valle hay un cerro que tiene mucha piedra imán.”

Estos son los Césares Peruanos de los que hacía referencia anteriormente.

Considerando las treinta leguas desde Mariano Moreno, se llegaría a los 40°30’ Sur aproximadamente, lo que corresponde al Paso Limay (40°33’ S y 70°26’W), donde el Río Aluminé vierte sus aguas al Limay.

Oviedo y Cobo relatan que en su huida desde los “Césares Españoles”, pasaron por una población Inca, en 41° en la vertiente oriental de la cordillera. Al Inca “le traían los suyos en hombros sobre unas silla. Era mancebo, bien dispuesto, de edad de 27 años, vestía muy galán y traía una borla colorada en la frente y se nombraba Topa Inca.” Señalan además que era una población que se prolongaba por la ribera de una laguna, “por donde entraban y salían dos desaguaderos”.

El Lago Nahuel Huapi, que se encuentra en 40°58’ de latitud Sur, se caracteriza por tener dos desaguaderos. Sin lugar a dudas Oviedo y Cobo se referían al Lago Nahuel Huapi.

Rojas en cambio parece describir la frontera noroeste del territorio ocupado por los “Césares Peruanos”.

Hay evidencias provenientes de las leyendas locales del Lacar y Lolog recopiladas por Koessler a principios del siglo XX que dan cuenta de los Incas. El más sorprendente hace referencia a la ofrenda en oro que hicieron las distintas provincias del Incario al asumir un nuevo Inca el gobierno del imperio, que es coincidente con la gran cadena de oro fabricada para la asunción de Huaina Capac como Inca y que relata el Inca Garcilazo de la Vega.

Destaca también un relato que incluye un palacio ubicado en el cerro Litran (39° 42' S; 71° 30'W)

Asímismo la toponimia da cuenta de un arroyo denominado “Pucará”, vocablo quechua que significa fuerte, localizado en la ribera sur poniente del Lago Lacar, el que está en frente de un fuerte destinado a defender a los indios del Lacar de los malones de los mapuches que venían desde lo que hoy es Chile, y cuyas ruinas vio Cox en sus viajes por la zona en 1863. Me cuenta el capitán de un buque de turismo que recorre la zona, que ese sector se denomina Pucará porque allí vivía un norteamericano de apellido Pucarra o algo así. El habría vivido en estos parajes en la década de 1970 y le había conocido. Sin embargo el estero Pucará ya figura en los mapas preparados para el Laudo Arbitral entre las Repúblicas de Chile y Argentina de fines del Siglo XIX, por lo que esa denominación es mucho más antigua.

En consecuencia, hay a los menos dos sitios donde realizar excavaciones arqueológicas: en las cercanías del estero Pucará y en el cerro Litran.

Si bien la arqueología no permite aseverar que hubo presencia incaica en la zona, en el Museo de Bariloche hay una replica de una “Pakcha” encontrada en una cueva en la Isla Victoria que se ubica en el Lago Nahuel Huapi. Es un vaso ceremonial de madera de canelo, sólo uno encontrado en Argentina, y tiene su origen en las culturas incaicas. Se señala que era usado por los mapuches quienes lo tomaron de los incas. Sin embargo, resulta curioso que no se le haya dado un nombre en mapudungun y en la exhibición se presente con su nombre quechua.


Estos antecedentes permitirían ubicar a los “Cesares Peruanos” entre el Volcán Lanin (39°38’ S; 71°13’ W) por el norte, los Rios Aluminé y Limay por el este, el Lago Nahuel Huapi por el sur y la divisoria de aguas por el oeste. Todo esto en el actual territorio argentino.

No hay referencias contemporáneas de conquistadores sobre estos Césares Peruanos. Si los hubiera habido los Césares Peruanos no serían misterio. En el verano de 1553 Pedro de Valdivia encomienda a Francisco de Villagra con 70 u 80 hombres, a explorar las tierras allende la Cordillera de los Andes. Villagra cruza la cordillera por el Camino de Villarrica. Felix San Martín supone de los ocho pasos entre los 39° y 39°36’ S que convergen sobre Villarrica, Villagra habría empleado el paso Paimún.

Según Rosales “Reconoció que la tierra no era de migajón, sino unos arenales infructíferos, que el temple era destempladísimo, por ser allí los ardores del sol muy fogosos sin los aires templados de Chile de esta banda de la Cordillera, dio con la gente puelche, que corre por todas aquellas pampas, y reconoció que era gente sin policía, sin sembrados, que solo vive de la caza y trata en míseras mercadurías de plumas de avestruces y piedras bezares. Y queriendo pasar adelante, le estorbó un río que hay muy grande, para pasar al camino de Córdoba y Buenos Aires. Y así tomó la vuelta hacia el sur, llevando a mano derecho la cordillera y a la izquierda un gran río, que llaman Mucua, y va a desaguar en Buenos Aires. Dio con las lagunas del río fugaz Limucau, que sale a las espaldas de Osorno (40°34’ S), y no pudiendo vadearle, guió al cabo de setenta leguas que caminó hacia la ciudad de Valdivia. Peleó con algunos serranos que se hicieron fuertes en una cueva, donde murieron dos por ganarla, heridos de flechas venenosas. Hallando que había vuelto a desandar la cordillera y que se hallaba otra vez en Chile, sin haber reconocido tierras de importancia para poblar, se volvió a la Concepción antes que entrase el invierno.”

Erick Ljungder, jefe de la misión sueca a la Patagonia en los años 1932-34 deduce que es el río Limay el que impidió la marcha al oriente. También concluye que el camino de vuelta pasaba por los lagos Ranco y Maihue. De los pasos cordilleranos que conducen al Ranco, el más conocido y utilizado desde antiguo era el Lilpela, que usó Cox en su viaje de 1863. Este camino bordea el lago Lacar.

Villagra da la tierra por pobres y sin importancia. No ve ni sabe de Mitimaes Incas en el área.

Claudio Gay y Miguel Luis Amunátegui prueban que el lago Nahuel Huapi ya se conocía hacia fines del siglo XVI. Frailes mercedarios o franciscanos habrían establecido misiones en sus proximidades. Estas primitivas misiones serían una expansión apostólica de los conventos de Villarrica y Osorno. La fecha de esta evangelización debe ubicarse entre los años 1568 y 1593 y su destrucción alrededor de 1665 a raíz de un alzamiento de indios.

Nuevamente, no hay rastros de los Mitimaes Incásicos que dan cuenta Oviedo y Cobo.

Conclusiones

¿Qué hay detrás de todo esto? Numerosas expediciones entre los siglos XVI y XVIII se montaron para encontrar esta ciudad perdida, sin embargo no se encontró nada.

No obstante está suficientemente comprobado que llegaron a Concepción dos individuos que declaran bajo juramento haber naufragado en 50°13’ Sur, en lo que aparenta ser los Canales Patagónicos, en la costa occidental del continente americano.

También declaran que viajan al interior para establecerse en las riberas de un gran lago, donde hacen alianzas con indios, que serían de la etnia Poyas o Ténesch, con los que luego se entremezclan. Con el tiempo predomina la lengua y costumbres maternas, diluyéndose de generación en generación el aporte cultural de la centena de náufragos. La viruela, el alcohol y las grandes estancias patagónicas, provocan la extinción de los Ténesch, desapareciendo con ella las tradiciones orales de ese pueblo.

Establecen una o más poblaciones, pero estas serían poblaciones mestizas. Algunos relatos hablan de edificaciones al estilo europeo, es decir construcciones con cimientos de piedra. Es posible que los náufragos prefirieran viviendas más acabadas que los simples para-vientos de los Ténesch, incluso más rudimentarios que los toldos de Pehuenche. Debe considerarse que las Capitulaciones de Francisco de Camargo, consideraban la construcción de “hasta tres fortalezas de piedras en las partes que más convengan”. Oviedo y Cobo señalan que Arguello “se alojó y fortificó” en las cercanías de las tolderías Ténesch en las riberas de un gran lago.

La ciudad estaría emplazada sobre el Lago General Carrera, pues goza de un microclima que lo hace semejante a localidades ubicadas más al norte. Allí se establecían numerosas tolderías de los Ténesch.

Este lago desagua al Pacífico por el río Baker, que permite una conexión entre los inhóspitos canales Patagonicos con el interior más hospitalario y por donde podían bajar al mar para maloquear a los alacalufes y así obtener mariscos y otros productos del mar.

En aquellos tiempos las ciudades que fundaban los españoles, se trazaban en cuadricula, con lotes de una cuadra de lado. La cuadra es una medida de longitud equivalente a 150 varas o 125,39 metros. ¿Se podrá detectar del espacio una “cuadricula en ruinas” de 125 metros de lado? Sólo quedarían restos de murallas, como fue el caso del verdadero “Puerto del Hambre” en el Estrecho de Magallanes, que fue reencontrado por Viera en 1955.

Una dificultad que se nos presenta son los efectos de las erupciones de Volcán Hudson, que ha cubierto de cenizas en mayor o menor grado las riberas del Lago General Carrera. En Los Antiguos las cenizas llegaron a cubrir unos 20 a 30 cm el suelo. Esta erupción ocurrida en 1991, la más violenta ocurrida en Chile en el siglo XX, fue precedida de otra en 1971.

Los registros geológicos señalan dos otras erupciones posteriores a la llegada de los náufragos españoles. Una en 1740 y otra en 1891.

Esta hipotesis de una ciudad cubierta por los efectos de una erupción volcanica, parece quedar confirmada por el jefe aónikenk Papón, quien relató hacia fines del siglo XIX, "con señas y con palabras, la existencia de una ciudad aplastada por las lavas volcánicas de muy viejas erupciones. Además, erupciones recientes cubrían por completo los vestigios que hasta poco tiempo antes, marcaban señales evidentes de una ciudad sepultada". Papón era un personaje bien conocido en el reducido vecindario de Punta Arenas allá por los años de 1870 y 1880. Había sucedido a Casimiro Biguá en la jefatura de los indígenas que deambulaban por la Patagonia austral, de preferencia entre el estrecho de Magallanes y el río Santa Cruz hacia 1874. Supo ganarse la simpatía del Gobernador de Magallanes Diego Dublé Almeida, quien para destacarlo le dio el título de "Subdelegado de la Patagonia". Papón fue conocido y tratado por casi todos los exploradores de ese tiempo, y como todos los indígenas de entonces se aficionó a la bebida y acabó por ser un consumidor compulsivo. Así, no pudo escapar al triste sino de sus paisanos, muriendo pobre y virtualmente abandonado. (ver http://www.scielo.cl/pdf/magallania/v35n2/art02.pdf)

Por otra parte, si bien existen leyendas mapuche que hablan de presencia incaica en el sector del lago Lacar, las que corroboran lo señalado por Oviedo y Cobo en su relato, no hay evidencia arqueológica de su existencia, a excepción de una “Pakcha” encontrada en la Isla Victoria en el Lago Nahuel Huapi. Más aun, la expedición de Villagra o los misioneros franciscanos del siglo XVII sobre el Nahuel Huapi, no hacen referencia a una población de los indios del Perú, los que habría sido muy conspicuo, dado el conocimiento que tenían los conquistadores.

De esta manera, la investigación de terreno debe centrarse en:

Fiordo Europa (50°13’ S)
Restos naufragio Nao del Siglo XVI. Bahía dominada por cerros de forma cónica. En la costa hay enterrados 10 piezas de artillería. Hacia el Siglo XVII se divisaban restos del bauprés que denotan construcción vizcaína.

Lago General Carrera
Ruinas de los Césares Españoles. En la rivera sur oriente del lago, posiblemente en el sector Chile Chico – Los Antiguos, por su microclima. Prospección satelital para detectar cuadricula de 125 metros de lado. Investigación en terreno para detectar presencia de hierro. Sucesivas erupciones del volcán Hudson pueden haber ocultado cualquier vestigio de las ruinas haciendo imposible su hallazgo

Cerro Litran
Vestigios de construcciones de estilo Incaico

Lago Lacar
Vestigios de construcción de origen Incaico, según mapas de Cox

[1] Actual Indonesia
[2] Morla señala que los capitanes Juan y Martín de Quiroz no fueron en la armada del Obispo de Plasencia, sino que integraron la expedición de Sarmiento de Gamboa en 1581. Esto hace suponer que hay una confusión entre los náufragos de la armada del Obispo de Plasencia de 1540 y los fundadores de las poblaciones de San Felipe y Nombre de Jesús en el Estrecho de Magallanes en 1582.
[3] ¿Será esta la Provincia ocupada por los Yacana-cunis, de la etnia Tehuelche?
[4] Bien puede estar refiriéndose al fuerte de Calbuco, fundada en 1602.

Comentarios

  1. Excelente artículo. La ciudad de los Césares es una muy interesante historia. Gracias por las referencias. He leido la obra de Falkner, la compilación de De Angelis y las referencias de Ovalle, Latcham, Rosales y Barros Arana (Incas), es un tema que me cautiva.
    Lea a Estanislao Zeballos en su "conquista de 15000 leguas" donde se refiere a una "ciudad de los arboles" fundada por Villagra(1550?) y parte del camino de Villarica a Buenos Aires entre 1580-16010 luego abandonada. Podría haber sido otra fuente para el mito
    austinwhittal@gmail.com

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